Por: Jaime Ivan Borrero Samper
Confieso algo que para algunos puede resultar incómodo: voté por Gustavo Petro.
Lo hice convencido de que Colombia necesitaba un cambio. No porque me considerara un hombre de izquierda, ni porque creyera que un sector político tuviera el monopolio de la verdad. Lo hice porque, como millones de colombianos, estaba cansado de ver cómo los mismos apellidos, las mismas prácticas y las mismas promesas se repetían elección tras elección sin que los problemas fundamentales del país encontraran solución.
Muchos votamos por la esperanza.
Muchos votamos creyendo que era posible construir una forma distinta de hacer política.
Muchos votamos pensando que el cambio no consistía únicamente en ganar una elección, sino en gobernar de una manera diferente.
Sin embargo, con el paso del tiempo, una pregunta comenzó a rondar mi cabeza:
¿En qué momento el cambio se pareció tanto a aquello que prometió derrotar?
La respuesta no es sencilla.
No se trata de desconocer avances, ni de negar que algunos problemas del país vienen acumulándose desde hace décadas. Tampoco se trata de afirmar que todos los males de Colombia nacieron con este gobierno. Sería intelectualmente deshonesto hacerlo.
Pero también sería deshonesto ignorar una realidad evidente.
Muchos ciudadanos observamos con preocupación cómo las prácticas que durante años fueron denunciadas desde la oposición reaparecieron bajo nuevas banderas, nuevos discursos y nuevos protagonistas.
La corrupción no desapareció.
El clientelismo no desapareció.
Los favores políticos no desaparecieron.
Las disputas por cuotas burocráticas no desaparecieron.
Simplemente cambiaron de manos.
Y eso genera una enorme frustración en quienes creímos que la política colombiana podía elevarse por encima de sus viejos vicios.
Quizás el problema más grave no ha sido la corrupción. Colombia, lamentablemente, ha convivido con ella durante demasiado tiempo.
El problema más grave ha sido la polarización.
Una polarización alimentada desde todos los extremos.
Una polarización que convirtió al adversario en enemigo.
Una polarización que reemplazó los argumentos por los insultos.
Una polarización que hizo creer a muchos colombianos que debían escoger entre dos trincheras, como si el país entero estuviera condenado a vivir en una guerra ideológica permanente.
La derecha acusa a la izquierda de destruir el país.
La izquierda acusa a la derecha de haberlo destruido durante décadas.
Y mientras ambos bandos se señalan mutuamente, los ciudadanos siguen enfrentando los mismos problemas de siempre: inseguridad, desempleo, pobreza, deterioro institucional e incertidumbre económica.
En medio de ese escenario comienzan a aparecer nuevas figuras políticas.
Una de ellas es Abelardo de la Espriella.
Un personaje que genera admiración en algunos sectores y rechazo en otros.
Un abogado reconocido que no proviene de las estructuras tradicionales de la política y que ha construido su imagen alrededor de un discurso de firmeza, autoridad y defensa de la patria.
Muchos lo critican por los clientes que defendió como penalista.
Pero quienes conocemos mínimamente el derecho entendemos que la labor de un abogado no consiste en juzgar, sino en garantizar que toda persona tenga una defensa dentro del marco legal.
Esa es precisamente una de las bases fundamentales de cualquier Estado democrático.
No comparto necesariamente todas las posiciones de Abelardo de la Espriella.
Tampoco creo que ningún líder político deba ser elevado a la categoría de salvador nacional.
La historia demuestra que cuando los pueblos depositan todas sus esperanzas en una sola persona, suelen terminar decepcionados.
Sin embargo, su aparición refleja algo importante.
Refleja que una parte del país está buscando alternativas.
Refleja que existe un cansancio creciente frente a la confrontación permanente.
Refleja que muchos ciudadanos desean una discusión diferente.
Y quizás ahí está la verdadera reflexión que debemos hacernos como sociedad.
¿Seguiremos votando por odios?
¿Seguiremos votando por miedo?
¿Seguiremos votando para derrotar al otro en lugar de construir un mejor país?
Como dirigente sindical he aprendido algo durante años de negociación, conflicto y diálogo.
Las soluciones duraderas rara vez nacen de los extremos.
Las soluciones duraderas suelen encontrarse en la capacidad de escuchar, reconocer errores y construir acuerdos.
Por eso no me considero hombre de izquierda ni de derecha.
Me considero un demócrata.
Creo en las libertades.
Creo en la justicia social.
Creo en los derechos de los trabajadores.
Creo en la empresa privada.
Creo en la educación pública.
Creo en el diálogo.
Y sobre todo creo que ningún proyecto político merece una lealtad ciega.
La lealtad debe ser con los principios, no con los gobiernos.
Con la gente, no con los partidos.
Con el país, no con los caudillos.
Porque al final de cuentas, los presidentes pasan.
Los movimientos políticos pasan.
Las campañas pasan.
Pero Colombia sigue aquí.
Esperando dirigentes capaces de unirla más de lo que la dividen.
