Venezuela no es el problema: es el mensaje

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Por Jaime Ivan Borrero Samper 

Lo ocurrido recientemente en Venezuela no admite lecturas ingenuas ni explicaciones cómodas. Presentarlo como una operación contra el narcotráfico no solo es insuficiente: es profundamente engañoso. Lo que estamos presenciando es una violación abierta de la soberanía de un país latinoamericano, amparada en un discurso que la historia de la región ya conoce demasiado bien.

No es la primera vez que se utiliza una causa aparentemente noble para justificar la fuerza. América Latina ha sido, por décadas, el laboratorio donde se ensayan las doctrinas de intervención de las grandes potencias. Cambian los nombres de los enemigos, cambian los pretextos, pero el libreto permanece intacto: estigmatización, presión diplomática, amenaza y, finalmente, intervención.

Decir que lo que sucede en Venezuela responde exclusivamente a la lucha contra las drogas es desconocer, o fingir desconocer,  cómo opera realmente el poder global. Ninguna potencia con un largo historial de intervenciones, apoyos a dictaduras y tolerancia selectiva frente al crimen transnacional puede presentarse hoy como árbitro moral. El trasfondo es otro y es evidente: el control de recursos estratégicos, en particular el petróleo.

Venezuela no es un accidente geográfico ni una casualidad política. Posee una de las mayores reservas de crudo del planeta en un momento de reconfiguración energética global, de disputas geopolíticas abiertas y de declive de viejas hegemonías. Y la historia enseña algo con claridad: los imperios en declive no se repliegan, reaccionan con agresividad, especialmente sobre sus periferias.

Lo más grave no es solo el atropello contra Venezuela. Lo verdaderamente preocupante es el mensaje que se envía a toda América Latina: cualquier país que decida ejercer soberanía real sobre sus recursos, diversificar sus relaciones internacionales o salirse del guion impuesto, puede convertirse en el próximo objetivo. Hoy es Venezuela. Mañana puede ser cualquier otro.

Por eso insistir en que este es un “problema venezolano” es un error político y estratégico. No lo es. Es un problema regional. Es una advertencia. Es una señal de hasta dónde están dispuestos a llegar quienes se sienten con derecho a decidir sobre el destino de nuestros pueblos.

Frente a este escenario, el silencio no es prudencia. Es complicidad. América Latina necesita una postura clara, digna y soberana. No basada en alineamientos automáticos ni en miedos inducidos, sino en principios elementales: la no intervención, el respeto al derecho internacional y la autodeterminación de los pueblos.

Convocar hoy a la conciencia pública no es un gesto ideológico. Es una necesidad histórica. Porque cuando se normaliza la agresión contra uno, se allana el camino para la agresión contra todos.

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