Agente de transformación

Por Jaime Ivan Borrero Samper 

La política atraviesa una paradoja peligrosa: nunca fue tan visible, pero rara vez fue tan capaz de transformar la realidad. Hay discursos, hay cámaras, hay redes. Pero faltan agentes de transformación.

Un agente de transformación no es un cargo, ni un slogan, ni una estrategia electoral. Es una posición ética frente al poder. No llega para administrar lo heredado, sino para modificar estructuras que ya no responden a la gente.

Hace poco, en una conversación con un gran amigo y líder político, surgió una idea que merece atención: la necesidad de revolucionar la política, no desde la retórica incendiaria, sino desde decisiones que rompan inercias históricas. Cuando incluso desde espacios tradicionales se reconoce el agotamiento del modelo actual, algo es claro: el problema ya no es ideológico, es estructural.

El sistema está lleno de operadores del poder: expertos en sobrevivir, en acomodarse, en no incomodar. El agente de transformación es otra cosa.

Es quien entiende que gobernar no es caer bien, sino hacer lo necesario.

Que la legitimidad no nace del aplauso inmediato, sino de la coherencia sostenida.

Transformar implica costos.

Implica resistencias internas, ataques externos y, muchas veces, soledad política. Por eso son escasos. Pero también por eso son indispensables.

No se trata de destruir instituciones, sino de rescatar su sentido.

No de refundar por capricho, sino de corregir lo que se volvió injusto, ineficiente o excluyente.

Un agente de transformación no promete milagros. Promete decisiones.

No vende esperanza vacía: construye confianza desde los hechos.

Hoy la política no necesita más protagonistas.

Necesita personas dispuestas a cambiar las reglas que ya no sirven, incluso si eso incomoda a quienes se beneficiaron de ellas.

Eso, y no otra cosa, es ser un agente de transformación.

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