Editorial: El precio de callar

Por Jaime Ivan Borrero Samper 

Callar también es una decisión.

A veces se calla por miedo.

A veces por cansancio.

A veces por conveniencia.

Y otras veces porque alguien te hizo sentir que hablar tiene un costo demasiado alto.

El problema es que el silencio nunca es neutral.

Cada vez que se normaliza una injusticia, el silencio la legitima.

Cada vez que se acepta un favor a cambio de quietud, el silencio se vuelve cómplice.

Cada vez que se mira hacia otro lado para conservar un espacio, el silencio empieza a erosionar la dignidad.

He aprendido que el poder no siempre se impone: muchas veces se negocia.

Se ofrece estabilidad a cambio de prudencia.

Se entregan pequeñas ventajas a cambio de paciencia.

Se promete futuro a cambio de presente.

Así se construye una cultura donde la ética estorba y la coherencia incomoda.

Pero hay silencios que salen caros.

Salen caros para las instituciones, porque debilitan sus reglas.

Salen caros para la gente, porque convierten derechos en favores.

Y salen caros para uno mismo, porque poco a poco se pierde la capacidad de mirarse al espejo sin justificarlo todo.

Defender lo público no es gritar más fuerte.

Es sostener principios cuando resulta incómodo.

Es no aceptar que el mérito sea reemplazado por la obediencia.

Es recordar que los cargos pasan, pero la dignidad permanece.

No se trata de ser héroes.

Se trata de no renunciar a lo que somos.

Porque llega un momento en que cada quien debe responderse una pregunta sencilla:

¿qué estoy dispuesto a callar… y a qué precio?

Yo sigo creyendo que hay silencios que cuestan demasiado.

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