Por: Jaime Ivan Borrero Samper
En plena coyuntura electoral para la escogencia del nuevo rector de la Universidad del Atlántico, no sorprende que surjan artículos y opiniones que buscan desprestigiar la gestión actual. El reciente informe de La República, en el que se citan los resultados de las pruebas Saber Pro y se señala la ausencia de la Uniatlántico en el “top 30” de universidades, se ha querido manipular para sostener la tesis de que la administración ha fracasado. Pero esa lectura no solo es reduccionista, sino profundamente malintencionada.
1. El ranking no es la universidad
Reducir la calidad de una institución de más de 24.000 estudiantes, con 57 programas acreditados, con grupos de investigación reconocidos y en constante ascenso, a un simple listado mediático, es desconocer el verdadero peso académico de la Universidad del Atlántico.
¿O acaso se pretende hacerle creer a la opinión pública que todo lo alcanzado en infraestructura, bienestar, internacionalización y acreditaciones no cuenta porque no aparece en una tabla?
2. La estabilidad financiera: la base que incomoda.
Quienes critican con ligereza olvidan que la actual administración recibió una universidad en equilibrio financiero y no solo la mantuvo, sino que logró potenciar inversiones históricas en laboratorios, aulas, bienestar y cultura. Ese orden financiero, que tanto les incomoda a algunos sectores, es el que ha permitido que la universidad crezca sin hipotecar su futuro.
3. El trasfondo político del ataque.
No es coincidencia que este tipo de señalamientos se intensifiquen justo en medio del proceso electoral universitario. Es claro que ciertos sectores, incapaces de mostrar resultados propios, necesitan desvirtuar la gestión actual para abrirse paso en la contienda. Pero la comunidad universitaria no se deja engañar: sabe que la transformación en marcha es real y que lo que está en juego no es un ranking, sino el rumbo de nuestra Alma Mater.
4. Continuidad o retroceso
El discurso de “cambio” que algunos promueven, disfrazado de críticas supuestamente técnicas, no es otra cosa que la apuesta por desmontar un modelo que ha garantizado orden, progreso y crecimiento institucional. La verdadera pregunta es: ¿queremos continuar construyendo sobre bases sólidas o retroceder a los tiempos de improvisación y clientelismo?
Conclusión
La Universidad del Atlántico no está en crisis, está en transformación. Y quienes hoy levantan la bandera del fracaso, en realidad, lo que buscan es pescar en río revuelto. El reto de la comunidad universitaria es no dejarse confundir: el futuro se defiende con hechos, no con titulares interesados.